EL PRÍNCIPE LOCO

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Felicidad es un término muy ambiguo, cuyo significado depende de quien use la palabra y hasta del momento de usarla. Aparte de que todos los deseos son personales, para algunos sujetos, la felicidad está en las cosas, y se consigue por metas. Estos -aunque ellos lo crean- nunca serán felices, porque cuando consiguen una meta, desean otra y después otra... y otra. Para ellos, los deseos nunca se acaban. Y eso no es malo, sería una cosa positiva. Lo malo es que lo conseguido les da la felicidad por dos días, después, ya no sirve para colmar su dicha.

Para otras personas, la felicidad está en sí mismas, es un estado de ánimo. Estos están bastante acertados. Pueden ser más felices que los primeros. Pero... ¡cuidado!, el ánimo no es una situación fija y puede resquebrajarse con cualquier circunstancia adversa. La dicha nunca es completa.

En una ocasión, recibí por correo la fotografía de una persona muy querida. En el reverso de la foto decía lo siguiente: "El otro día, leí: Soy feliz porque me contento con lo que tengo y no me inquieto mucho por lo que me falta".

Quienes piensan así, van aún más lejos que los anteriores. Para ellos, la felicidad consiste en encontrar un equilibrio entre la realidad y el deseo. Más o menos, esto equivale a querer ser quien se es. En efecto, estos últimos no van desencaminados en la definición de la felicidad. Porque, unos se conforman con poco y otros jamás hallan conformidad. Sin embargo, la práctica es más complicada que la teoría. El ser humano ha de ser demasiado perfecto, o la vida demasiado propicia para él, para desear en cada, y en todo momento, ser siempre quien es. Por ello, me hago las siguientes preguntas:

¿La felicidad será algo irreal, una utopía inalcanzable como todas las utopías...? ¿O la felicidad será una línea imaginaria trazada en nuestra existencia para ayudarnos a definir nuestro estado de ánimo...?. En cualquier caso, la felicidad me parece una idea procedente de una conjunción de medidas -reales o irreales- para hacer en lo posible más llevadera nuestra vida y la de quienes nos rodean. Eso está bien claro, la felicidad no puede conseguirse en soledad. Si alguien busca su propia felicidad sin nadie con quien compartirla, está abocado al más estrepitoso fracaso. De todas formas, la felicidad no deja de ser algo ficticio que sólo sirve para expresar nuestro grado de satisfacción en esta vida.



La historia de mi narración en relación a la felicidad, es de reyes y de príncipes, como casi todos los cuentos. Pero no por este motivo, del fondo del relato puede dejar de extraerse una idea provechosa para nuestras vidas de hombres que no hemos alcanzado tal alto rango de nobleza. Sucedió en un tiempo tan remoto que los hombres aún creían que la tierra era el centro del Universo y el sol giraba en torno a ella. Aconteció en la llamada edad media, cuando la nobleza vivía en grandes fortalezas de piedra, llenas de torreones, con foso alrededor y puente levadizo en la entrada.

El acontecimiento que vamos a relatar ocurrió en una región distante. ¿Por qué todos los cuentos bonitos ocurrirán en lugares lejanos? Me he hecho esa misma pregunta en muchas ocasiones y aún no he hallado una respuesta satisfactoria a esa cuestión. ¿Será que encontraríamos ordinarias las historias si sucedieran entre nosotros? Tal vez. El lugar del suceso, como salido de la imaginación y del pincel de un pintor, era muy bello: ríos caudalosos, montes preciosos, bosques exuberantes y praderas inmensas llenas de verdor donde pastaban vacas, ovejas y caballos.

Por contra a la belleza del paisaje, el país tenía un nombre feo en extremo. Bueno, la denominación no era nombre propiamente dicho, era un apodo. Los forasteros le llamaban "el reino de las tormentas". Había una causa para esa designación: Apodaban así a la nación por estar siempre en continuas discordias con los países vecinos. Aunque en realidad, la beligerancia del país no era cuestión de sus habitantes, sino del monarca que gobernaba. El rey, codiciaba los territorios de los otros reinos, mandaba invadirlos y, si podía, les arrebataba sus posesiones.

El rey era despiadado con sus súbditos. Además de mantenerlos en constantes luchas, les tenía aterrorizados. La guerra y el terror son parientes cercanos. El monarca tenía cuatro hijos, todos varones. También trataba a su familia sin ninguna clase de contemplaciones. Y, castigaba a sus hijos con dureza, si por alguna razón, se atrevían a contradecir sus opiniones.

"¿Privilegios...? Para nadie" -se decía el rey.

Al mayor de los cuatro hijos del rey, le apodaban en el palacio real "el príncipe loco". Su padre, que a pesar de sus defectos era generoso, le había regalado un hermoso caballo blanco. Sobre el bello corcel recorría todas las tardes los bosques cercanos al palacio. El obsequio era precioso. El príncipe estaba encantado con el animal. Y lo pasaba fenomenal cabalgando. Pero, su carácter era totalmente diferente al de su padre. Por este motivo, las malas relaciones con él ponían un punto de insatisfacción en su vida. Y eso, no puede repararlo ningún regalo, ninguna cosa material sirve para enmendar la infelicidad. Las continuas discusiones entre ambos, no eran un secreto para ninguno de los nobles.

La forma de ser del joven -en exceso bonachón e incapaz de ser adiestrado para la guerra- incomodaba al rey. Pero nunca hubiera permitido que en su presencia llamaran a su hijo "el príncipe loco". Este apodo habría sido tanto como un insulto a su propia persona. ¡Y bueno era el rey! ¡Como para aguantar burlas! Por eso, sabiendo el mal genio del soberano, en el palacio, todos expresaban el sobrenombre en voz baja y a espaldas de la familia real y de los ministros.

Un día "el príncipe loco" -cansado de tantas controversias- se decidió a vivir la vida a su manera. Se desprendió de su ropa habitual de heredero del reino y se vistió de mendigo. Después, fue a despedirse de su padre.

El rey se sintió muy contrariado y se ofendió en extremo cuando el joven le dio cuenta de sus proyectos. No pensó en su hijo, sino en sí mismo:

"¿Ahora qué va a opinar el pueblo de mí?"-fue lo primero que pasó por su cabeza.

Por fin, pensó que su hijo iba a añorar muy pronto la comodidad que siempre había encontrado en el palacio real. Pensando en la añoranza de ese bienestar y calculando que nunca concluiría el plazo que podría ofrecerle, le hizo la siguiente proposición:

- Te concedo únicamente dos meses de plazo para llevar a cabo tus planes de ausencia. Si no volvieses antes de finalizar este tiempo concedido, te desheredaría en favor de tu siguiente hermano.

El joven aceptó la proposición del rey sin ningún reparo. Eso, a él no le preocupaba. Por tanto, el padre estaba muy equivocado en sus cálculos. Pasaron más de noventa días, y el príncipe no volvió.

¡Vaya problema para el rey!: "¿Si dijese al pueblo que mi hijo primogénito se ha ido?, ¡se reirían todos mis súbditos de mí!" -pensó muy enojado. Y encargó al segundo de los hermanos la investigación del paradero del hijo ausente.

Pasó el tiempo... Y el joven enviado a buscar a su hermano tampoco regresó.

¡Cuántas dificultades!: "¿Y, si mandase en búsqueda de mis hijos a los soldados...? ¡Bah, se enteraría el pueblo entero de mis asuntos! ¡Ni pensarlo! ¡Eso es imposible de llevar a cabo sin dañar la dignidad de un rey!" -meditó el monarca lleno de ira.

Ordenó investigar el lugar donde se encontraban sus hijos mayores al tercero de los hermanos.

Cayeron las hojas del calendario... Tampoco retornó.

¡Qué apuros!: "¡Esto es incomprensible!" -se dijo el rey encolerizado por no entender la actitud de sus hijos- "Sólo me queda un único recurso". Y envió al cuarto hijo en busca de los otros hermanos.

Se sucedieron los días... Y ninguno de los cuatro volvió al palacio real.

¡No podía ser!: "¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?" -se repetía el rey furioso mientras pateaba el suelo con violencia-. "¿Cómo voy a decir que todos mis hijos se han ido sin sufrir un desprestigio ante mis súbditos? ¿O cómo voy a poner patas arriba todas las campañas bélicas del ejército para que los soldados se dediquen a buscar a mis cuatro hijos?".

Por fin -después de largas meditaciones- tomó una decisión: Determinó ir él mismo -de incógnito- a indagar sobre paradero de los adolescentes. Se vistió de pordiosero. Tomó una bolsa repleta de oro y se fue de aldea en aldea a preguntar por los cuatro jóvenes.

Todos los oficios requieren un carácter especial. Vivir de la mendicidad precisa de la humildad: el traje de mendigo no se correspondía con el mal genio del rey. Su temperamento, en extremo destemplado, le causaba problemas continuamente. Pero el colmo de los colmos era cuando, después de despreciar a los demás con sus palabras y actuaciones altaneras, intentaba arreglar todas las dificultades con unas monedas. Inaguantable. ¿Se puede pedir algo con la soberbia por delante? ¿O se pueden resolver con dinero los agravios del desprecio?

El rey, dándose cuenta del error cometido, determinó enterrar el oro. Y con las monedas sepultó su mal carácter. Y desde luego acertó. ¡Claro que acertó!

Preguntó sin descanso aquí y allá. Pidió limosna para poder sobrevivir. Tuvo que aceptar la hospitalidad de sus vasallos que no reconocían a su rey en el mendigo. Y se hospedó -con un trato familiar- en las humildes viviendas de sus súbditos. Recorriendo el reino de esta manera, tardó casi un año entero en encontrar a sus hijos.

Les halló trabajando de leñadores. Eran felices. Vivían en una pobre choza que solamente tenía una estancia. A pesar de la pobreza de la vivienda, eran más ricos que en el castillo de su padre. La riqueza no siempre se mide en números. El rey ya no necesitó hacerles aquella pregunta que tuvo preparada para ese momento durante tanto tiempo: "¿Por qué?". Aprendió la respuesta a su interrogación durante el período que duró la búsqueda. Lo ocurrido fue motivo suficiente para saber la contestación a esa cuestión tantas veces puesta en su pensamiento: Porque, felicidad es lo contrario de lo que él había hecho toda la vida. Es conformarse con lo que se tiene. Es no envidiar a nadie. Es compartir, como hicieron con él mientras pidió limosna y posada. Es intentar comprender a todos. Es no hacer daño a los demás. Es respetar a las personas. En una palabra, felicidad es amar.

Los cuatro jóvenes vieron tan transformado a su padre que lo recibieron con los brazos abiertos. Y como una familia unida, retornaron los cinco juntos al castillo real. Y aquel reino volvió a ser como siempre debió haber sido: Buena vecindad, comprensión, respeto, justicia, paz... Hasta los extranjeros se rindieron a la evidencia. Y -sin saber siquiera la razón de la transformación de la actitud del rey vecino- cambiaron la denominación de "reino de las tormentas" por otro nombre más adecuado a la realidad del momento, "país de la calma".



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