912- ¡ESTAMOS APAÑADOS!. Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Como ex-agricultor, sé bastante de trabajar con arados. Independientemente de la marca, y ya fuesen fijos o reversibles, con el único cambio del hierro por la madera, todos se basaban en el principio del arado romano, de punta endurecida al fuego, de hace más de 2.000 años: punta, reja, y vertedera. La punta, con la misma finalidad de abrir la tierra y preservar a la reja de una erosión prematura, en la actualidad era substituida por el sistema de formón . El formón consistía en una barra gruesa de hierro de unos 70 centímetros de larga introducida por un ajustado orificio del arado y sujeta don dos grandes tornos. Al ser su función preservar de desgaste a la reja, siempre debía de sobresalir varios centímetros más que ella. Por lo cual, era necesario correr los formones hacia adelante cada vez que había cierto desgaste: en épocas en las cuales la tierra estaba muy dura, una vez al día.

Correr los formones hacia adelante no era difícil. Yo lo hice muchas veces. Sin embargo, los síntomas de la ataxia convierten la tarea en una gran dificultad. En los últimos años trabajando, casi nunca lo hice. Siempre tenía a mi padre o a mi tío para pedirles que me sacasen los formones o me pusiesen nuevos si alguno de los viejos estaba totalmente desgastado y ya no era posible correrlo hacia adelante. No obstante, los formones no preservaban totalmente a las otras piezas, y a veces, era necesario acudir una herrería para que hiciesen una reposición total de los elementos del arado.

El herrero de taller donde íbamos nosotros tenía siempre muchos clientes, y, para abreviar el trabajo, cada cual desmontaba sus propios arados antes de que le tocase el turno. En cierta ocasión coincidí con un Señor, de una población cercana, de casi 60 años, con gran fama de bebedor de los que se pasaba a menudo. Nos conocíamos únicamente de vista. En aquellos momentos ya no bebía, pero le había quedado como secuela una gran perlesía. Yo le había visto de reojo cómo, con gran frustración, intentaba sacar un formón totalmente desgastado. Y he dicho "visto de reojo", porque sé por experiencia de atáxico la incomodidad que supone que te miren fijamente cuando algo marcha mal. Aquel formón había que sacarle por el principio de que un clavo saca a otro clavo: esto es, introducir otro formón para luego sacar ambos, uno por delante y el otro por detrás. Aquí estaba el problema: aquella persona sujetaba el segundo formón, pero, por miedo a que debido a su perlesía se golpease en la mano, los golpes de un martillo de cabeza de tres kilos, en vez de golpear, acariciaban.

Desde la visión de mi reojo en el trabajo en mi arado a tres metros de distancia me daba pena. Nada podía hacer por él. Si hubiese podido, se lo hubiese hecho voluntariamente. Pero él por su perlesía y yo por mi ataxia... estábamos iguales. Por fin, se dio por vencido en su infructuosa pelea y me pidió ayuda:

- Oye, ayúdame. Yo sujeto el formón y tu golpeas -me dijo mientras ponía en mis manos aquel gran martillo.

En toda mi vida he encontrado una explicación más difícil de dar. Tuve que decirle que tenía una enfermedad llamada ataxia y no podía golpear porque acabaría golpeándole en las manos, y tampoco iba a arriesgarme a sujetar el formón mientras él golpeaba.

Por la cara que puso, creo que no entendió nada y me tomó por alguien que se había negado a ayudarle. ¿Pero qué podía hacer?.

Menos mal que vino el herrero en mi ayuda y, "meándose de risas" por el hecho de haberme pedido ayuda para tal cosa precisamente a mí, le dijo que ni él ni yo podíamos realizar aquello.

+ Ir a "Relatos autobiográficos".