25- La llegada a Villanueva de la luz eléctrica
Por Miguel-A. Cibrián.

Generalizando, la redes eléctricas para iluminación, a nivel popular, no llegaron a España hasta principios del siglo XX. A finales del siglo anterior ya se habían iluminado algunos edificios concretos, pero aún no era un práctica extensiva... He preguntado a mi padre (nacido en 1929), intentando saber cuándo llegó la energía eléctrica a Villanueva de Odra. Me ha contestado no saberlo... que él siempre ha conocido luz eléctrica en casa...

Al caer de la tarde - Villanueva de Odra... Fotografía de Jose Félix Ruiz

Sin ninguna referencia, por tanto, tendré que divagar un poco para ubicar en el tiempo la llegada de tal avance, hoy básico, a nuestro pueblo... Y no hace falta imaginar mucho para llegar a la conclusión de que este mundo rural, por donde algunos dicen que Dios pasó de noche, no estuviera a la cabeza, sino, más bien a la cola en cuestión de instalación de tendidos eléctricos... Por ello, diría que tal servicio llegó a Villanueva muy al final de la primera, o, más posiblemente, ya en la segunda década, de 1900... La empresa instaladora y proveedora, durante muchos años se llamó 'La Palentina'.

Por cierto, en cercano pueblo de mi madre, Castrillo de Río Pisuerga, había un pequeño salto de agua productor de esta clase de energía destinada al alumbrado. Se llamaba 'La Campesina'. Sin embargo, siempre lo he conocido abandonado... las instalaciones y la vivienda para el encargado... todo cerrado. No estoy insinuando que la energía de Villanueva proviniera de allí por cerca que esté, porque supongo que estos pequeños saltos entregaban su producción a una central acumuladora (no generadora), que era desde donde realmente se distribuía... o sea un lugar propiedad de la tal 'Palentina' ¿Pero dónde estaba esa central? Pues no lo sé... De tal especie, sólo conozco una en Villalvilla... No obstante, la pequeñez del salto de agua de 'La Campesina', así como su prematuro cierre, dan una idea de la pobreza del gasto eléctrico de aquella época en comparación con los altos niveles actuales de consumo.

Pues sí, el consumo eléctrico era bajísimo... casi ridículo si lo comparamos con el actual. Pero, a la vez, resulta comprensible si tenemos en cuenta los tiempos y las necesidades entonces imperantes en Villanueva. Las pequeñas bombillas eran de luz amarillenta. Y "apaga la luz, niño, o estamos en la estufa, o estamos en la cocina... no se puede tener ambas luces encendidas a la vez"... Sobre el ahorro energético, llevado al límite, recuerdo retrasar a tope los horarios de encendido de la luz, hasta vernos solamente en siluetas... Así era entonces la vida y las necesidades de las gentes de mundo rural... aunque, a quienes han nacido en tiempos más cercanos a la actualidad, esto dicho les suene a cuento chino... Más aún, el alumbrado público eran las mismas bombillas amarillentas de las casas... o sea, servían únicamente de referencia para no romperse las narices contra una pared... Por cierto, había bombillas de 40, y de 60 vatios... las de 60 eran ya un lujo.

A pesar del bajo el consumo y, por tanto, de la cantidad monetaria del importe del gasto, es fácil pensar que, en una primera instancia, no todos los vecinos se conectaran a la red. Tendría una explicación elemental: ¡A ver cómo podrían entender ellos, que practicaban el autoconsumo, que tendrían que pagar una factura mensual! ¡Si comían pan, era porque lo elaboraban a partir de su trigo... si comían queso, era porque se lo hacían a partir de la leche de sus ovejas... si comían patatas, verduras, y legumbres, era porque las sembraban y cultivaban... si comían carne, era porque criaban animales... y hasta se hacían algunas prendas de vestir, a partir de la lana de sus ovejas! ¿De dónde iban a sacar el dinero para pagar la factura mensual de la luz?... En fin, la modernidad estaba llamando a su puerta. Los tiempos estaban cambiando.

Ciertamente que la luz eléctrica nunca ha sido un bien caro. Es un servicio asumido... que consideramos casi natural, porque siempre lo hemos visto así. Si previamente, pasáramos tres días sin dicho servicio, nos daríamos cuenta de su valor, y no nos quejaríamos. Además, basta reflexionar un poco para no dejarse engañar por algunos sembradores de descontentos con fines partidistas. La cuarta parte del importe pagado en el recibo de la luz va para impuestos del erario público, pero es más fácil despotricar contra las empresas eléctricas que escarbar en temas de recaudación estatal... Pero no sería ése el fondo del asunto presentado en el párrafo anterior. Es simplemente un problema derivado de las circunstancias de una épocas pasada, que bajo ningún concepto puede extrapolarse a la actualidad.

En el barrio de la Tejera, junto a la fuente de la fragua, aunque en un plano superior, había un barrida de cuatro casas... hoy ninguna de las cuatro existe ya. En una de ellas vivía un matrimonio sin hijos que emigró a Barcelona hacia 1959. Eran mis difuntos tíos Marina (hermana mayor de mi madre) y Cayo.

Luna en Villanueva de Odra... Fotografía de Jose Félix Ruiz

Mis tíos no tenían luz eléctrica en casa... Al no tener hijos, mi tía me quería con locura. Yo iba mucho por allí. A pesar de mis 5 años, recuerdo que al anochecer encendían la tenue luz de un candil, de aceite, que daba menos claridad todavía que una vela... Movido por este recuerdo, me he acordado varias veces de la luz diáfana del carburo con que alumbraban los almendreros el juego ilegal del bote en las verbenas patronales. Pero... el carburo se basaba en una reacción química... y su mal olor me lleva a pensar que hubiera sido tóxico en interiores cerrados.
En la década de 1970 algunos vecinos teníamos máquinas eléctricas para ordeño de las vacas... Algunos días de viento y lluvia faltaba la luz: "se fundían los plomos", decíamos nosotros, en el trasformador (hoy eso ya no existe... estaba frente a la casa de Santiago Gómez). Las avería era porque todos cables paralelos estaban pelados. Bastaba un contacto entre ellos para causar la avería. Había que (nosotros... nada de técnicos) revisar visualmente todo el tendido eléctrico, metro a metro, intentando encontrar el lugar del contacto... Ordeñar a mano en sí, no era grave. Lo malo es que la vacas no estaban acostumbradas: Parecían asustadas ante la luz movible de las linternas.

Todo se solucionó a finales de los años 70, o principio de los 80. Cambiaron la potencia de la luz de 125, a 220 voltios, pero también todo el tendido eléctrico... incluidos los contadores del interior de la casas... Recuerdo que mi abuelo tenía una radio donde en determinados horarios escuchaba las noticias si estaba en casa (el parte, llamaba él, quizás recordando los tiempos de la guerra)... Su casa estaba frente a la mía. Yo iba casi todos los días un rato a ver a mis abuelos:
- El electricista me ha dicho que esta radio ya no vale para la potencia nueva, y que se va a quemar si la enchufo.
- Abuelo, ahora comprar una radio no es ningún problema. Ya te comprará mi tío una.

Ya en mi casa, pensé en ello... Mi hermana había comprado una yogurtera que, para hacerla funcionar tenía un pequeño transformador como complemento para convertir la electricidad de 125 a 220 voltios... Aquello era totalmente innecesario ya, puesto que la nueva red era de 220... Pero... pero... "¡¡y si yo consigo que ese chisme funcione al revés... es decir, convertir la energía 220 en 125, para adaptarla a la radio de mi abuelo!!".

Y lo hice funcionar. Todo fue cuestión de cambiar la dirección del cableado... Mi abuelo tuvo su radio 15 años más... hasta su fallecimiento. Él nunca quiso que le pusieran televisión en casa...

Villanueva de Odra... panorámica nevada... Fotografía de Jose Félix Ruiz

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Los tiempos cambian:

Ya en el actual siglo, Villanueva también se apuntó a eso de las energías renovables. En este caso, la energía solar:

Tras el fallecimiento de su madre, la señora Severina, Vicenta fue llevada a una residencia. En su casa pusieron el cartel de "se vende"... Sin embargo, nadie parece que quisiera comprar aquella destartalada vivienda... Años más tarde, ya en ruinas, apareció un misterioso comprador, a quien no conozco a pesar de mi residencia en la población, y que, según dicen, tampoco va por su nuevo negocio... ¿Negocio...?

Bueno, la casa fue trasformada en aparente almacén, tipo nave agrícola, con una única gran puerta (portonera) metálica, que, curiosamente, no atraviesa ningún vehículo, pues a la entrada crecen altos hierbajos, que nadie se molesta en cortar... La novedad es que en el tejado hay placas solares. Es decir, el único cometido del edificio es producir energía solar para venta a una central energética acumuladora.

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Ahora, pego uno de mis antiguos escritos (década de 1990)... recordando a mi tía Marina:

El cambio climático:

"En estas zonas agrícolas, cerealistas de secano, se vive mirando al cielo, esperando las lluvias oportunas, deplorando las sequías y temiendo a los excesos de humedad. Aquí, cual si fuera una obsesión, aunque con total normalidad, el tiempo atmosférico es objeto de saludos cotidianos. Incluso, esta práctica del saludo alusivo al clima puede parecer ridícula si no se toma simplemente como es: una simple muletilla como inicio de conversación. Lo dicho en esas expresiones salutatorias resulta evidentísimo. "Llueve"... y está lloviendo en ese preciso momento. "No quiere llover"... y hay sol radiante y ni siquiera se ve una sola nube en el cielo para poder pronosticar lo contrario. "¡Qué frío hace!"... y el individuo en cuestión lleva pasamontañas para evitar la salida de sabañones en las orejas. "¡No termina de desaparecer la nieve!"... y es algo claramente visible. "¡Qué viento hace!".... tanto que lleva las palabras como si fueran hojas secas caídas de los árboles en otoño.

Como anécdota al respecto, cuento en este escrito que, tras una larga sequía de primavera, cuando el cereal necesita más de la humedad y después de haber suspirado por la lluvia durante un mes, un día amaneció lloviendo, y saludé a un vecino así:
- Por fin llueve.
- Sí -me respondió en alusión a la previsible mejoría de cosecha del cereal-. Hoy nos caen del cielo pan, vino, y chuletas.



Amenaza de tormenta en Villanueva de Odra... Fotografía de Jose Félix Ruiz

Además de estos saludos de muletilla alusivos al clima, en boca de la población rural existe un comentario generalizado, exento de expresiones técnicas, en torno al polémico cambio climático: "Ya no hace como antes". Aunque no es tanto como se dice, resultan evidente la existencia de ciertos cambios en el clima y en el medio ambiente. Sin embargo, carezco de los conocimientos oportunos para debatir en profundidad este asunto y, además, tampoco me interesa aburrir a nadie hablando de contaminaciones, poluciones, agujeros en la capa de ozono, utilización indebida de CFCs, o de distintas secuencias en el clima. Por contra, aunque tengan mucho menos peso que los argumentos a favor de la existencia de cambio climático, sí expondré argumentos en su contra. Pero, desde ya, advierto de mi desinterés por argumentar en favor o en contra: No trato de inclinar la balanza hacia ningún lado. Eso no es asunto a reflejar aquí. Con total independencia de si el cambio climático sí, o si el cambio climático no, solamente es mi pretensión la de hacer un texto entretenido que no haga bostezar a los lectores.

La existencia del tal cambio climático, personalmente, me parece indudable. No obstante, este fenómeno no es tan grande como puede parecer a primera instancia. Sucede que los seres humanos también cambiamos y vemos la vida con mayores y menores dosis de optimismo e ilusión. Es decir, sin darnos cuenta, ha cambiado el punto de mira. Ya no valen comparaciones exactamente superpuestas, sino solamente relativas. Y para más concreción y para que sirva de pauta, salvo los baches temporales de cada persona, el camino normal, excepciones aparte, es un decremento de optimismo e ilusión conforme al paso de los años. Es decir, si el punto de mira cambia, no es viable querer hacer una comparación directa en cuanto a clima entre lo que vive una persona a lo 60 años y lo que vivió a sus 20.

Al hilo de este punto, recuerdo los bellos, y plagados de contenido, versos de las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre: "... avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando. // Cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor, / cómo, a nuestro parecer, / cualquier tiempo pasado / fue mejor". Esa de "a nuestro parecer" es una de las claves de todas las comparaciones relativas a lo sucedido en distintas épocas de la vida... no sólo en aspectos más o memos palpables y, hasta mesurables (termómetro, barómetro, pluviómetro) como el clima, sino también en aspectos, menos tangibles, como el comportamiento humano. Aquí, en este último, podría afirmarse que los pasados y los futuros perfectos sólo existen en los verbos de la gramática. Una parte de los llamados conflictos generacionales radica en considerar fijo el punto de vista sin admitir que tal punto es cambiante con el paso de la edad.

Volviendo al cambio climático, uno de los primeros recuerdos de mi niñez es la bajada a lavar la ropa al arroyo (entonces no había lavadoras y tampoco teníamos agua corriente en el interior de las casas, al menos en esta población rural). Iba con mi tía, ya difunta, que era 10 años mayor que mi madre... como estaba casada y no tenía hijos, nos quería con locura. Yo, a esa edad, era capaz de escuchar el murmullo de arroyo, observar su agua clara, ver las flores entre las ovas aguantando las corrientes, y todas las bellezas cantadas y de por cantar por los poetas. Arriba había un césped donde se tendía al sol las sábanas blancas (entonces siempre eran de color blanco), las echaban azulete y las regaban frecuentemente para que el sol no las tornase amarillentas ni abrasara la textura del tejido [cosas de la época y del escaso poder adquisitivo... las sábanas habían de ser casi eternas... y cuando se deterioraban por el roce de los talones o del culo se le echaba un remiendo, y a seguir adelante... tantos remiendos que la superficie remendada podía ser superior al original... :-) . ¡Así era la vida!]... El campillo de tender la ropa entre el verdor de la hierba, y motivado por el frescor de los frecuentes riegos, estaba tapizado de diminutas margaritas blancas.

- ¡Hala, niño -decía mi tía-, coge margaritas, y cuando vayamos a casa, con hilo y una aguja, te hago un collar!.
Y efectivamente, me hacía un collar. Con aquel adorno al cuello, yo quedaba más satisfecho que un turista en Hawai.

Miles de veces he evocado este recuerdo en mi mente. Y me he dicho que el mundo era ya feo, que el clima había cambiado, y que ya ni siquiera había margaritas para alegrar la vida de los hombre. Ignoraba mi cambio, o viví tratando de ignorar... que estoy viejo y cansado... mi enfermedad progresiva... mi silla de ruedas... mis miedos al mañana... mi falta de optimismo e ilusión. Ya bien entrada la primavera subía diariamente a la era al leer el periódico, siempre en el mismo sitio. Cierto día, tras un rato de lectura, levanté mi cabeza y vi que estaba rodeado de margaritas. ¿Pero cómo era posible...? ¿Si yo había estado allí ayer y anteayer... y ni siquiera las había visto a mi llegada? No, no había sucedido ningún milagro. La explicación es tan sencilla como que los ojos de mi mente y de mi alma ya no eran capaces de fijarse en margaritas.

Y, sin poner en duda la existencia del cambio climático, y esta es otra cosa, en determinadas ocasiones queremos comparar la actualidad con casos guardados en nuestra mente. Recuerdo nítidamente que estando interno en el Seminario, un año durante la época vacacional de la Navidad fueron constantes la heladas. La helada de un día incrementaba los efectos de la del día anterior. A nuestro regreso al vacío edificio, el hielo había reventado en varios puntos las tuberías de la calefacción que había permanecido inactiva durante las vacaciones. Al lado del campo de fútbol, separada por un seto, había una piscina que aún en pleno invierno siempre estaba llena de agua -?- (supongo que se trata de normas de conservación). De vuelta de vacaciones, la piscina tenía tal capa de hielo que simulaba una bonita pista de patinaje artístico y aguantaba a 10 o 15 adolescentes haciendo piruetas sobre el hielo. Evidentemente, por mi incipiente ataxia, yo no era de la partida de valientes acróbatas que intentaba mantener el equilibrio sobre el hielo :-) . Me limitaba a ser espectador, y solamente ocasional, puesto que a mis extremidades les afectaban negativamente las frías temperaturas ambientales :-) . Por fin, se enteraron los curas de las danzas montadas sobre la piscina y quedó totalmente prohibido. Y es que aquello podía resultar catastrófico de haber una ruptura de la capa de hielo. Lo peligroso del caso no era que alguien se hundiera y cogiera un resfriado por el chapuzón invernal, sino que se hundiera y no acertara a sacar la cabeza al exterior para poder respirar a tiempo.

Ante recuerdos de la especie del narrado, es muy fácil decirse: "¡ya no hiela como antes!"... "¡ya no nieva como antes!"... "¡ya no llueve como antes!". Sin embargo, tales recuerdos están en las antípodas de ser una regla que pudiera utilizarse como comparación: Si permanecen en nuestra mente es precisamente por su carácter de acontecimientos extraordinarios.

En fin, que lo de cambio climático sí, o no, hay que consultarlo con termómetros, barómetros, anemómetros, y plubiómetros. Otro cuento distinto son la contaminación y el deterioro de los ecosistemas: El hombre en los últimos 50 años ha deteriorado el planeta Tierra más que en los 50 siglos anteriores"
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